En el Salmo 146:5 dice:
“Bienaventurado aquel cuyo ayudador es el Dios de Jacob, cuya esperanza está en el Señor su Dios”.
¡Que gran bendición es contar con la ayuda del Dios de Jacob!
Al leer sobre Jacob en el libro de Génesis, podríamos pensar que su vida fue difícil, pero ¿Qué tan dura fue realmente? Él mismo le responde al Faraón cuando le pregunta su edad:
“Los días de los años de mi peregrinación son ciento treinta años; pocos y malos han sido los días de los años de mi vida” (Génesis 47:9).
Jacob fue mellizo y peleaba con su hermano ¡Desde el vientre de su madre! Nació segundo, lo que marcó una diferencia en el trato con su padre. Aunque su madre lo amaba, Jacob siempre anheló lo que su hermano Esaú recibía.
Físicamente, su hermano le llevaba ventaja y Jacob fue acusado de ser un engañador por las astucias que usaba para obtener ventaja.
Cuando logró la bendición de su padre mediante engaño, tuvo que huir de su hogar por miedo a la muerte a manos de su hermano, y nunca volvió a ver a su amada madre.
Se exilió en casa de su tío, donde fue explotado casi como esclavo durante veinte años. Además, su tío lo engañó el día de su boda entregándole a una mujer que no quería, y terminó casado con cuatro mujeres, quienes le dieron 12 hijos, una hija y muchos problemas.
Jacob tuvo que huir con su familia y ganado, perseguido por su suegro y cuñados que querían matarlo. Luchó toda la noche con Dios, quien le dejó cojo al descoyuntarle el muslo. Su hija fue violada, su reputación dañada cuando sus hijos tomaron venganza, y para colmo, su esposa más amada, Raquel, murió en su segundo parto.
Durante 22 años creyó que su hijo José (su primogénito con Raquel) había muerto, pero la verdad fue aún más dura: sus hermanos planearon matarlo y finalmente lo vendieron como esclavo. ¡Qué familia tan complicada tenía Jacob!
Sin embargo, al reencontrarse con su hijo y a pesar de saber que su descendencia sería esclava en Egipto, Jacob expresó así su fe en su lecho de muerte:
“El Dios que me mantiene desde que yo soy hasta este día, el Ángel que me liberta de todo mal” (Génesis 48:15)
Ese mismo Dios es el que te predico hoy: Jesucristo, quien dijo a sus seguidores:
“He aquí yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo. Amén” (Mateo 28:20)
y
“En el mundo tendréis aflicción, pero confiad, yo he vencido al mundo.” (Juan 16:33)
Él puede ser hoy tu Señor y Salvador, tal como lo fue para Jacob. Deposita en Él tu esperanza, hazlo tu ayudador y sé desde hoy bienaventurado. Que el Señor te ilumine hoy con su Palabra. Amén.
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